Nadie se asuste no es un post deprimido. Solo es un post que vuelve a la línea mas adentro del aguacero. Lo especial de este post es precisamente su origen: una imagen de adentro.
Y claro esta que dentro del aguacero no hay solo momentos de admiración para la vida.
Hay también momentos de pausa en los que el encanto de las pequeñas cosas desaparece y se transforma en desesperación, impotencia, rabia y frustración; todo junto todo concentrado todo a la vez.
En esos momentos es como si el mismo aguacero tuviera una brutal y silenciosa implosión donde toda su fuerza, de una vez, se concentrara en anular los esfuerzos y de las energías empleadas en amar la vida.
Y es brutal porque todo el enfado del mundo, ese mismo sentido que parálisis de todos los órganos internos, no puede nada en contra de lo que cae en cima.
Y es silencioso porque, a pesar de ser evidente, nadie se da cuenta. Como niños llorando tristeza en una plaza repleta gente; sufrimiento e indiferencia.
Pero en ese momento, ese momento en el que uno se siente roto, solo y derrotado, algo mágico ocurre. No existe un tiempo definido, no existe un umbral de dolor que aguantar, pero antes o después algo ocurre.
Es como si esa misma tormenta que aniquila se transformara; es como si ese cielo negro que desprende miedo de repente cambiara en algo nuevo algo diferente. Y esa lluvia que ya ha empapado hasta los huesos no asustara mas.
El cielo cambia su tono de luz y la lluvia se hace bendición. Allí se produce ese misterio maravilloso por el que lo que hasta unos segundos ha dolido fortalece como nueva sangre.
Esa lluvia es ahora una poción mágica que va entrando por la venas hasta que poco a poco el dolor desaparece: la vista penetra la oscuridad del cielo y la fuerza y la rabia atrapadas en el aguante brotan en una nueva dimensión.
Es la dimensión de la confianza recobrada de la renovada alianza con la vida que renace, es fe.
Santa Cruz, 31 de Julio – 1 de Agosto 2008