Tal vez este post recuerde un buen libro en su titulo: “The God of Small Things” [Arundhati Roy, Paperback 1997], pero realmente viene de otro tipo de camino.
Se trata de una pausa casual en el medio del aguacero.
Si uno quiere puede pensarlo como la condición de quien esta en el centro de un tornado: alrededor tempestad, al centro calma frágil. Pero en este caso la atención no esta puesta en la condición precaria de esa calma, mas bien en el proceso que trae el momento de paz.
Un momento de paz que desubica porque llega cuando uno no lo espera y porque llega mediante algo que uno casi no había notado a pesar de todo el tiempo que había estado delante de sus ojos.
Se trata de pequeñas cosas en las que uno no esta acostumbrado a fijarse y que de repente, en el medio de la tormenta, llaman la atención brindando un momento de paz, de luz en la oscuridad.
Realmente no se trata de felicidad, es algo demasiado diminuto, efímero. Pero el bienestar que provoca es tan fuerte, tan importante que casi se hace inolvidable.
Esas pequeñas cosas un momento antes no están, pues uno esta metido por completo en la lucha que la tormenta le exige, y el momento siguiente cautivan por completo los cinco sentidos, los hipnotizan.
Y en ese instante, que es a la vez breve e interminable, llenan el espíritu de percepciones irracionales que ni siquiera uno comprende y que sin embargo son puro oxigeno.
Porque lo que pasa es que esas pequeñas cosas, a través de esos instantes, generan algo como un recuerdo positivo que se clava en una parte honda del subconsciente y se mantiene vivo.
Y es valioso porque, cuando inevitablemente el aguacero vuelve a sacudir todo, el mismo rescatar la memoria de esas pequeñas cosas es suficiente para encontrarse mejor y encarar la tormenta con mejor predisposición.
A partir del momento de paz, esas pequeñas cosas cambian: ya no son pequeñas sino que se trasforman y cuando vuelven a pasar delante de los ojos brillan de una luz especial que, agradecido, le da el mismo corazón.
Santa Cruz, 27 Marzo 2008
